ELIGE TU PROPIA DESVENTURA

En la tragedia se narran hechos terribles acontecidos a personajes poderosos. Ese género literario, nacido en Atenas en el siglo V a.e.c, daba cuenta de la incertidumbre humana frente a los avatares del destino. A través de magistrales ficciones, los griegos expresaban una sabiduría eterna: la oscura intuición de que ni aun el más grande, fuerte o rico de los hombres podía dominar todas las variables de la suerte.

Los personajes trágicos no eran gente común. Esas tramas llenas de angustia y desasosiego tienen como protagonistas a héroes, soberanos, guerreros de alcurnia, reyes y líderes descendientes de los dioses. Por eso sus desgracias resultan tan impactantes y, en el fondo, ejemplificadoras. El pecado que se les atribuye a quienes las padecen se denomina hybris: una soberbia desmedida, la pretensión de igualarse a los inmortales y de gozar de sus privilegios, sin tener que dar cuenta de sus actos.

Tal vez toda narrativa mítica y toda fuente antigua -en cada cultura, con distintos recursos- transmite el mismo mensaje: cuidado, hombre!, ni tu investidura ni tu riqueza ni tu fuerza te harán omnipotente. Como señala Aristóteles en su Política, ni los dioses ni los animales tienen leyes, solo los humanos deben obedecer a ellas.

Frente a la desazón de lo terrible, los griegos contaban con un recurso levemente consolador: suponer que las desdichas que se abatían sobre los héroes eran enviadas por los divinos. Muchos protagonistas trágicos, confrontados con sus crímenes, esgrimen el argumento de que no han sido ellos quienes decidieron ese curso de acción, sino una divinidad en cólera. “A quien un dios quiere destruir, antes lo enloquece”, reza un antiguo poema griego. Parricidios, filicidios, incestos: la tragedia despliega una panoplia de actos horrorosos que, tarde o temprano, serán castigados sin piedad, aun si el criminal no se hace responsable por ellos. El “yo no fui” parece haber tenido su origen en esas páginas arcaicas. Seres que se pintan como inermes frente a la voluntad omnímoda de un dios, personajes desprovistos de capacidad de elegir entre el bien y el mal, poderosos caídos en desgracia como frágiles hojas arrancadas del árbol por un viento huracanado… 

Han pasado muchos siglos desde que vieron la luz esas brillantes y terribles obras. No tenemos ya a un Esquilo, un Sófocles o un Eurípides que puedan articular un guión aterrador pero bello, lleno de saber y de poesía. La época actual deja a los héroes en calzoncillos.

El Iluminismo y el psicoanálisis, entre otros hitos fundamentales, nos han quitado la inocencia y nos han enseñado que el humano no es un títere de dioses todopoderosos. Estamos obligados a elegir y, por ende, a hacernos cargo de nuestros actos.

Las justificaciones de Agamenón, de Medea o de Edipo, tanto como las de Adán en el paraíso, suenan a excusas infantiles o a fútiles intentos de zafar de su responsabilidad.

Quien decide robar, matar, mentir, estafar o lastimar a otro no puede ya valerse de argumentos exculpatorios. Quien se creía inmune a las sanciones o invisible, en la suposición de que su poder ocasional tendía un manto protector sobre su persona, descubre de golpe que él, el rey, está desnudo, y que la audiencia planetaria lo observa con una mezcla de desprecio, asco y sorna. No hay rincón donde pueda esconder su vergüenza ni lógica que alcance para exculpar sus estúpidas y crueles decisiones. 

De máxima autoridad a paria, de representante de todos a repudiado por todos, del sillón-pedestal al barro inmundo, el triste personaje que creía estar burlándose de todos es ahora el bufón de sí mismo. 

Pero no tiene a quién reclamarle ni a quién culpar: ha elegido su propio infierno.

Diana Sperling. Bs. As, agosto 2024

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